Cagliostro no es mi verdadero nombre. ¿Qué es un nombre? Nací antes del diluvio universal, conocí a Moisés y a Salomón, ¿qué puede importarme ahora ese detalle?
Fui discípulo de Sócrates y he charlado con varios emperadores romanos. Todavía recuerdo haber paladeado excelente vino, en una boda celebrada en cierto pueblo de Galilea llamado Caná.
Pueblo particular Caná, donde Jesucristo hizo su primer milagro. Lugar casi desértico en donde las plantaciones de uvas son lo más preciado porque se hacen jugos, vinos e incluso vinagres.
Allí es cuando María, durante el transcurso de una fiesta nupcial en la que se habían quedado sin vino y ante la creciente desesperación de los presentes, le ruega a su hijo que convierta el agua en vino.

Palermo
Mi nombre es Giuseppe Balsamo y nací en 1743 en Palermo, Sicilia, y en esos años, cuando todo el mundo fechaba sus cartas en 1785 yo escribía en las mías 5555.
Así lo confirma Johann Wolfgang von Goethe, en su Viaje italiano, que alcanzó a ver el expediente con mi historial y antecedentes que realizó un abogado de Palermo, y que, a petición oficial, se enviaría a Francia, ya que allí estaban las pruebas de que el Conde Cagliostro y Giuseppe Bálsamo eran la misma persona.
Preparé cremas cosméticas y afrodisíacos que luego vendía como buhonero; copié y vendí «obras maestras» -incluso Rembrandt- falsifiqué bonos, billetes de banco y hasta testamentos que los tribunales juzgaron auténticos en varios casos.
Me casé con Lorenza Feliciano, hermosa joven de 15 años a la que, por cuestiones meramente comerciales, utilicé como anzuelo para atraer incautos ricos, fingiendo no enterarme que me engañaban con ella.
Tuvimos que huir de Roma y vagamos casi diez años por Europa y África septentrional.

Londres
En Londres, en 1777, todo cambió. Habíamos amasado la cuantiosa fortuna de tres mil libras esterlinas y habíamos empezado a vivir lujosamente.
Pero fue necesario que cambiáramos nombres.
En adelante: Conde Alessandro de Cagliostro y su bella esposa, la Condesa Serafina. (Fue necesario aclarar que la había rescatado de un harem en el lejano Oriente).
Al mismo tiempo ingresé a una logia masónica y pronto convencí a mis hermanos que me eligieran Gran Maestro -reconozco humildemente que fue el único título que pude conseguir en esos tiempos-.
Viajé en elegantes carruajes, servido por gran número de criados vestidos con suntuosas libreas, mientras mi condesa resplandecía con los trajes y las joyas más costosas.

Europa
Por esas fechas conocí al conde de Saint-Germain y anduve junto a Serafina por Rusia, Polonia, Alemania y más tarde Francia, en donde, dicho sea de paso, fui recomendado como médico para atender una dolencia de Benjamín Franklin, que se encontraba de paso en la ciudad.
¿De dónde procedía toda mi fortuna? se preguntaba el mundo entero.
Para mis admiradores, la respuesta era sencilla: podía tomar el metal común y transformarlo en tanto oro como me hiciera falta, e incluso fabricar diamantes en caso necesario.
También inventé el Rito Egipcio y no tuve más remedio que atribuirme el derecho de cobrar por los derechos de iniciación.
Además, aunque la masonería era cuestión sólo de hombres, con magistral inspiración, creé una rama femenina del rito y nombré jefa a mi esposa con el título de Reina de Saba.
Todas las señoras más ricas y nobles de París se disputaban el honor de ingresar en esa logia.
Lo que atraía a todas esas personas era mi promesa -la del Gran Conde Alessandro- de compartir gran número de mis sagrados secretos… claro que exclusivamente serían revelados a aquellos hermanos que estuvieran dispuestos a pagar la cuota correspondiente.
Aunque, como en mis secretos intervenían misteriosos elixires, solo el Gran Copto podía hacer y proporcionar, por supuesto que a precios altos, muy altos.
No tenía más remedio que envolver las píldoras para los ricos en pan de oro, con lo que intensificaba el efecto sicológico y además aumentaba el precio.
Mi esposa me ayudaba lealmente. Aunque tenía en realidad unos treinta años, confiaba a princesas y duquesas, pendientes de cada una de sus palabras, que su verdadera edad era de sesenta. O más. Y que sólo el elixir de cinco gotas elaborado por mí le permitiría conservar su aspecto juvenil… era inevitable: todos sus espectadores le rogaban por el menjunje, a cualquier precio.
Muchos nobles llegaron a proponer que me elevaran al trono… honor que decliné prudentemente, claro.

Yo, el Conde Alessandro de Cagliostro2

Rusia
Mi único éxito relativo fue con Catalina II, Zarina de todas las Rusias a quien sólo conseguí divertir un poco, pero muchos cortesanos me tomaron en serio. Un ministro del imperio, por ejemplo, me rogó que ayudara a su hermano loco.
Ordené que lo desataran y el hombre se me abalanzó dando un rugido y amenazando matarme. Lo derribé de un puñetazo y ordené que lo arrojaran al río helado y que en seguida lo sacaran. A rastras.
Cuando abrió los ojos estaba totalmente calmado, pidió disculpas a todo el mundo y desde entonces gozó de excelente salud.

Francia
En esos tiempos conocí al príncipe-cardenal Louis de Rohan, arzobispo de la ciudad y uno de los nobles más ricos de Francia. Era el hombre más arrogante de la más altiva nobleza del mundo y resultó que envió a uno de sus sirvientes a decirme que me necesitaba.
Le contesté que si el príncipe estaba enfermo no iba a tener más remedio que venir a verme que así lo curaría. Si no estaba enfermo no me necesitaría ni yo lo necesitaría a él.
¡Sublime! respondió el príncipe y para asombro de Europa, se humilló y pretextó una dolencia menor con el fin de salvar las apariencias, y rogarme que lo ayudara.
Me pidió que intentara salvar la vida a su primo, el príncipe de Soubise, que estaba muriendo de escarlatina. El príncipe tenía más de sesenta años y los mejores médicos de París habían confesado su incapacidad para curarlo.
Entré a su habitación y examiné al decaído príncipe. Saqué un frasco con un líquido experimental de mi creación y di instrucciones muy precisas.
Diez gotas ahora mismo. Cinco mañana, y dos pasado mañana. En tres días podrá abandonar el lecho, al quinto dará un paseo en coche y en unos veinte días más estará completamente curado y cumpliendo de nuevo sus obligaciones en la corte.
Para asombro de todos los médicos tratantes, mi audaz predicción se cumplió casi al pie de la letra.
Desde entonces, del príncipe al más humilde de los ciudadanos llevaban la efigie del Conde Cagliostro en las cajitas de rapé, en los abanicos de las señoras, en las hebillas de los zapatos, en las sortijas, en fin, en todo lo que pudiera lucirse en público como señal de aceptación de mis increíbles poderes curativos.
Pero sobrevino el desastre.
Resultó que Rohan quiso congraciarse con María Antonieta y logró conseguirle un collar de diamantes que deseaba la soberana.
La joya desapareció y el escándalo alcanzó tal magnitud que llegó hasta el trono, y el Rey, furioso, ordenó que encerraran a Rohan en la Bastilla junto a todos sus protegidos.
Incluyéndome.
Pero hete aquí que yo era totalmente inocente. En ese caso. Gracias a la influencia de miles de admiradores fui absuelto de toda culpa, mas a la mañana siguiente, sin embargo, llegaron las órdenes irrevocables del airado monarca: los Cagliostro debían salir de Francia para siempre.

Inglaterra
Partí hacia Inglaterra y allí me encontraría con la acusación del expatriado francés Theveneau de Morande de ser Giuseppe Bálsamo, afirmación que negué en mi Carta Abierta al Pueblo Inglés, lo que forzó una retractación y disculpa pública de Morande.
Lo triste fue enterarme que, durante los nueve meses que estuve recluido en la Bastilla, mi esposa había revelado gran parte de su verdadero pasado a los jueces.

Yo, el Conde Alesssandro de Cagliostro3Mi vida empezó a convertirse en desagradable y sórdida. Fui quedándome sin dinero y eso era cosa embarazosa para un hombre con pretendidos poderes de elaborar todo el oro que necesitara.
Accedí a los pedidos de mi condesa y regresamos a Roma. Imprudente decisión.
Era francmasón y todo católico romano que ingresara en la masonería no sólo incurría en excomunión por hereje, sino también en la pena de muerte.
Todo se desarrolló rápidamente. La condesa que esperaba salvarse fue encerrada en un convento por el resto de sus días y aunque en mi caso demoraron quince meses, el 7 de abril de 1791 leyeron mi sentencia: pena de muerte por hereje.
Claro que por gracia del Papa se me conmutó la pena por la de cadena perpetua.
Y resultó que mis carceleros, que me tenían rigurosamente vigilado, creían que podía escapar de algún modo mágico haciéndome invisible o transformándome en algún pájaro. Así que cumplí mi pena unos pocos años en la más inexpugnable fortaleza-prisión de Italia en donde dejé de existir el 26 de agosto de 1795.
La ironía del destino es que siempre han creído que fue sólo una pretensión ser inmortal.
He gozado en la polémica de mis pretendidos poderes. Muchos de mis «milagros» quizás hoy sean fáciles trucos de cualquier prestidigitador de circo, sin embargo, la comisión de eminentes médicos y científicos que nombró en 1784 el gobierno francés para juzgar mis supuestas curaciones informó que fueron auténticas y reconoció no haberlas podido explicar científicamente.
Jamás han encontrado mi tumba.
Obvio.
La última conjunción planetaria, determinada con precisión por los Sabios Mayas, determinó que al cumplirse los doscientos veintidós años de mi desaparición física, hace de esto apenas unos pocos días, retornara con renovadas energías y cáusticas observaciones para los tétricos especímenes presentes en este lugar.
Aquí estoy para que aprecien cuales son mis actuales pretensiones.

«No soy de ninguna época y de ningún lugar, y más allá del espacio y del tiempo, mi ser espiritual vive su eterna existencia.
Si me sumerjo en mi pensamiento remontándome en el curso de las edades, si extiendo mi espíritu hacia un modo de existencia alejado de aquel que percibís, me convierto en aquel que deseo ser.
Participando conscientemente del Ser Absoluto arreglo mi acción según el medio que me rodea. Mi nombre es aquel de mi función, pues soy libre; mi país, aquel donde fijo momentáneamente mis pasos.
Poned fecha de ayer si lo deseáis, rehusando acordaros de años vividos por ancestros que os fueron extraños, o del mañana, por orgullo ilusorio de una grandeza que jamás será vuestra, yo soy aquel que Es».

 

Conde Alessandro de Cagliostro

En los 222 años de la conmemoración de mi muerte, a 22 días del equinoccio de primavera