Hacía una semana que no paraba. Todo chorreaba. Por fuera y por dentro. La paja del techo se oscurecía y brillaba. Los puntales del galpón estaban mojados hasta el piso, la tierra apisonada de la entrada era un barrial y se había decidido, por unanimidad, ir a buscar unas piedras picadas que habían dejado los de la ferroviaria atrás de los campos de los Souzas. 

Estuvieron meditando sobre el tema varios días.  

Ya se habían aburrido de jugar al truco, al tute y al gofo. Tenían que hacer algo y fue cuando el viejo Segismundo, que apenas podía mantenerse en pie de tanta ginebra, recostado al mostrador dijo: 

– Yo tengo carro y si no hacemo algo pronto, se me va desaparecer el flete en el barro movedizo. 

– ¿Usté quiere decir que podríamos usar su carro pa arrimar esas piedras hasta aquí y desparramarlas en el salón? –dijo un parroquiano sacándose el sombrero y rascándose la nuca con la misma mano. 

Varios se levantaron de sus asientos y se acercaron a las únicas dos ventanas del local.  

La intensa lluvia borroneaba el paisaje. Las sierras parecían sin contornos y los campos brillaban empapados. Se veían espejos de agua por doquier y en cualquier surco corrían velozmente torrentes de agua turbia. 

– Se me hace que esto del agua no podrá ser pa siempre… deberíamoj atravesarle el hachazo –dijo el Toribio. 

Todos quedaron sin palabras. Segismundo se mandó toda la copa de una sola vez, por si las moscas… el bolichero intervino y mandó la vuelta gratis. Se asomó Ña Francisca con el delantal enrollado entre sus manos regordetas por la puerta que daba a la cocina con la cara fruncida en una expresión perpleja. Hasta sacaron las cartas de arriba de las mesas y todos juntaron sus morlacos y cerraron sus monederos del cinto, guardando todo el dinero que estaba en juego. 

– Usté no estará tramando hacer cosas que solo encaran los que saben, ¿no mi amigo? –dijo el Colorado levantando el ala de su sombrero y calzando su mano en el cinto tachonado de monedas. 

– Puej si la chance es ir a juntar piedrita bajo agua –dijo el Toribio y tragó saliva- es que tan tuitos mamaos y lis voy a demostrar de lo qu´es capaz un indio corajudo. 

En ese momento, un prolongado relámpago encandiló seres y cosas dejando resplandores violáceos en todas partes. El trueno no demoró mucho. Ensordecedor.  

– Parece que San Pedro no se aburre de jugar a las bochas… dijo el Apereá, encorvado sobre el mostrador meta chupar grapa. 

– Aura verán cómo se deben controlar los elementos naturales… de la naturaleza –dijo Toribio como aclarando por si alguno no había entendido-. A ver bolichero, alcánceme el hacha de monte que dice que guarda siempre con filo en la barraca. 

Todos estaban boquiabiertos y sorprendidos por una actitud tan desafiante en alguien que nunca había dejado traslucir sus pensamientos en público. 

– Puej si Don Segismundo me presta el carro y el bolichero el hacha –dijo Toribio- yo arranco pal monte y antes que esté de vuelta nel boliche de siguro que para. 

A partir de ese momento empezaron a hacerse apuestas; porque paraba de llover unos, contra los que afirmaban que la borrachera era gigantesca y que el Toribio ya estaba a un paso del delirio y que mejor sería dormirlo de un sopapo pa que dejara de intentar hacer cosas que solo hacían los curanderos. 

Mas Toribio no se amedrentó por habladurías y se calzó el poncho, que él llamaba quillapí, y el sombrero de ala ancha. Ajustó el cinturón y tanteó el facón que asomaba su empuñadura con brillos dorados desde atrás del ancho cinto de cuero. 

Y salió a la intemperie.  

El viento remolineaba en torno suyo y al minuto ya estaba mojado de pies a cabeza. Se sentó en el carro, le dio un par de gritos al flete y arrancó como para las sierras. 

En el boliche todos estaban asomados a las ventanas, no podían creer lo que estaban viendo. 

Cuando ya casi estaba por desaparecer entre velos de agua y borroneado por la distancia, se detuvo. Se le vio bajar del carro con el hacha al hombro. 

Se sacó el sombrero y el poncho. 

Miró hacia un lado y luego hacia el otro. Levantó el hacha y tensó los músculos. El viento le daba en la cara y sintió el frío del agua correr por el espinazo. 

Se escuchó un grito. 

Toribio clavó el hacha entre dos piedras, de frente a la tormenta. 

No miró hacia atrás. Se subió al carro y pegó la vuelta. Cuando volvió al boliche no habían pasado ni veinte minutos. Todos los parroquianos lo estaban esperando afuera con los pies hasta los tobillos metidos en el barro. 

El agua se había quedado quieta en las hojas y ya se vislumbraban audaces rayos de sol iluminando la tierra. 

Al hacha tuvieron que sacarla a los tres meses y devolvérsela al bolichero para que la guardara en la barraca porque la sequía era terrible y ya habían empezado a caerse algunas reses. 

Y no faltó quien dijera que había sido pior el remedio que la enfermedá.