Se despertó con sed. Tenía la boca seca. Estaba oscuro todavía y decidió tomar algo de la heladera. Mientras bajaba la escalera recordó que hoy era el día. Por eso no había podido descansar más horas. El reloj interior otra vez haciendo sonar la campanilla antes de tiempo. Hoy tenía que ponerse en contacto con el abogado y enfrentar el juicio pendiente. Pero estaba tranquilo. Ansioso sí, pero tranquilo. 

Todavía no había amanecido, pero ya se vislumbraba un resplandor tras los cristales que daban al jardín. 

Le pareció simbólico. 

Una ducha. Eso le vendría bien. Una buena ducha que despejara las idea y lo dejara relajado. Pronto para la tensión del día que se aprontaba. Aunque ya sabía lo que iba a pasar. 

¿Lo sabía? ¿Por qué estaba tan seguro? 

Cuando fue hasta el mercado a eso de las ocho no se encontró con ningún conocido y las únicas palabras que intercambió con la empleada de la panadería fueron unos formales buenos días y un tibio gracias, hasta mañana. Pero mientras miraba con gula unas masitas de chocolate en la vidriera, supo que la chica solucionaría todo con el dinero que su novio le traería antes que terminara su turno. No prestó mucha atención a ese pensamiento porque le pareció que era su fértil imaginación que jugaba otra vez a adivinar cosas que no le incumbían. 

Cuando pasó junto al puesto de revistas supo que tenía que comprar el periódico. Ni se lo cuestionó. Antenor estaba acomodando los fardos de diarios que seguramente hacía muy poco habían descargado en la vereda. Tomó uno de los que estaban en el mostrador y se acercó con el dinero al veterano canillita. 

 – Buen día Antenor, ¿se cobra por favor? 

 – Hola vecino, ¿cómo anda? Tiempo hacía que no se lo veía por acá. 

El hombre tomó el dinero y lo miró sonriente. 

 – Hoy va a haber noticias de la nena –le dijo y al instante se preguntó qué había dicho. Se dio la vuelta y cuando estaba por cruzar la calle sintió un tirón en el brazo y allí estaba el hombre del kiosco mirándolo con cara de asombro. 

 – ¿Qué dijo usted…? disculpe, pero, ¿me puede repetir lo que dijo hace un momento? 

 – Lo que le dije… ah, sí, que hoy a la tarde tendrá noticias de su hija. 

 – Pero y usted cómo puede saber que… 

 – Pero oiga Don Antenor, ¿usted no tiene una hija en España? ¿Cuántas veces hablamos de ella? 

 – Sí, sí, claro. Pero hace casi un mes que no tenemos noticias de ella y… bueno… ojalá que llame, aunque sea unos minutos para saber cómo andan sus cosas. 

 – Seguramente hoy tendrán noticias –le dijo. 

Entró a la casa y con el rabillo del ojo vio tintinear la luz de la contestadora. Es Mabel –se dijo sin pensar. 

 – Hola Alfonso, sé que hoy es un día difícil para ti, pero te llamo para recordarte que está pendiente el pago de la fábrica de componentes y ya no es posible dilatarlo más. Hoy a última hora deberíamos hacer alguna entrega. Estoy en la oficina por si me necesitas. 

No se percató de la certeza que había tenido antes de encender la máquina para saber que era su secretaria la que había dejado el mensaje. 

Llamó a Gerardo y quedaron en encontrarse en la puerta del Juzgado. A las once. Se sentía sumamente tranquilo. El nerviosismo que había prevalecido en los últimos días ahora se había disipado. Tenía la certeza que no tenía que preocuparse del fallo del juicio. 

 – Y yo qué sé cómo será el fallo… -se dijo en voz baja- ¿cómo podría saberlo? 

Crédito de imagen: Michal Sawtyruk

Sentado como estaba en el sillón, apoyó el diario sobre la mesita frente a él y le llamó la atención una noticia de primera plana. 

“Empresas tecnológicas envueltas en fraude” 

Más abajo se relataba el procedimiento por el que se había detenido a los dueños, a varios gerentes y mandos medios, implicados en una fraudulenta maniobra impositiva. 

“… fueron trasladados a dependencias judiciales varios sujetos que traficaban información electrónica privada. Mediante la operación encubierta de dos hackers, financiados por los citados gerentes, que también se encuentran detenidos, llegaron a manipular bases de datos que… “ 

Alfonso no podía creer lo que estaba leyendo. Tomó el teléfono y llamó a Gerardo al móvil. 

 – ¿Qué hay que hacer ahora, doc? -le preguntó sin preámbulos. 

 – Alfonso, ¿qué ha cambiado para que me preguntes eso? ¿En una hora tenemos audiencia con la jueza y me preguntas qué hay que hacer? Es bastante insólito que estés como para hacer bromas de mal gusto, ¿no te parece? 

 – Gerardo, por favor mira el diario y volvemos a hablar. 

Ni siquiera él se lo podía creer. Todos presos. Ayer un tormento y hoy una tranquilidad. Adiós al juicio. Adiós a la demanda. Nada de juicio ni de abogado ni de nada. En ese momento supo que iba a recibir un par de llamadas importantes. Pasó un minuto. Y sonó el teléfono. 

Tiene que ser Pablo –se dijo seguro y atendió sin fijarse en el número de la llamada. 

 – ¿Hola socio cómo estás? 

 – Hola Alfonso buen día. ¿Cómo voy a estar? ¡Qué pregunta! Tengo los nervios destrozados. Casi ni dormí anoche pensando en todas las injusticias que tenemos que soportar… y encima tenemos que ir a ventilar todos los negocios por estos tipos que no tienen el más mínimo escrúpulo y que… 

 – No te enteraste todavía, ¿no? 

 – Enterarme de qué? Te llamo porque necesito saber si tendríamos que llevar al juzgado algún tipo de soporte informático de los últimos movimientos, por si a la jueza se le ocurre que justifiquemos algo insólito y porque además… 

 – Pablo… 

 – ¿Qué pasa Alfonso? 

 – Están todos presos. 

 – ¿Quiénes? 

 – Todos Pablo, todos. No hay juicio. No puede haberlo. Recién hablé con Gerardo y supongo que ahora debe estar leyendo las noticias. En cualquier momento me llama y te paso las novedades. El juicio es historia Pablito. 

Se recostó en el sillón y no siguió leyendo. Su mente estaba en otra cosa. Tenía la sensación que sabía lo que estaba pasando. No era precisamente tener conciencia de las cosas que hacía, sino que presentía que “sabía” cosas que estaban pasando. Naturalmente. Sin proponérselo. 

Sonó de nuevo el teléfono y ya sabía que era Gerardo al primer timbre. Levantó el tubo sin hablar. 

 – ¿Estás ahí? -escuchó clarísima la voz del abogado y Alfonso quedó sin palabras. Atónito. 

 – ¡Es increíble Alfonso! Estamos de suerte. Parecería que no podría haber juicio ya que los denunciantes están denunciados y procesados… qué ironía. 

 – Así parece. Te llamo más tarde –dijo cortante- tengo que escribir unos correos antes del mediodía. 

 – Estoy en el estudio hasta las cinco. Sin estrés. Qué alivio, probablemente me tome el fin de semana libre y nos vayamos con Sandra a la laguna. 

 – Me parece buena idea. Estamos en contacto. 

Crédito de imagen: Michal Sawtyruk

Repasaba una y otra vez las cosas que había hecho desde la mañana y no veía que hubiera nada que estuviera fuera de lo cotidiano, pero sentía en su interior la certeza que sabía algo importante… sobre… sobre… mas su mente divagaba en una especie de bruma interior sin poder encontrar respuestas. 

Tomó el teléfono y llamó a su oficina. 

 – Mabel, vamos a hacer el depósito en la cuenta de los japoneses. Vamos a pagar esos componentes hoy mismo. Pasa por el Banco y tómate la tarde libre. 

 – Alfonso, te agradezco lo del descanso. Recién termino de hablar con Pablo y me contó lo de la suspensión, qué buena noticia, pero me pregunto ¿con qué dinero piensas hacerte cargo? 

 – Es casi lo mismo que teníamos que pagarle a Gerardo por sus servicios. Ahora será él quien tendrá que tomarse las cosas con calma. 

En ese preciso instante fue que tuvo la visión espeluznante del accidente. 

Un camión acercándose a toda velocidad en el carril contrario, directo hacia una camioneta… con Mabel al volante. El ruido seco, las chispas, un par de crujidos metálicos y luego silencio. 

 – Alfonso… ¿estás escuchando? 

 – Eh… claro Mabel. Por supuesto. Lo tenemos merecido. Todos. Trabajamos mucho estas últimas semanas y nos vendría bien una pequeña licencia. Abrimos el martes. Saludos a los viejos. 

Y cortó. 

Pero se quedó con la imagen explosiva grabada en la retina. Estaba haciendo asociaciones de ideas bastante desagradables y las descartó. 

Decidió caminar un poco. Estaba más liviano. Se sentía tocado por una magia maravillosa que lo ponía eufórico. En su mente evocó a Patricia e instantáneamente reconoció la esquina en donde estaba. A tan solo dos cuadras. Salió a la calle y fue directamente a su encuentro. Casi corriendo. Sabiendo que estaría allí. 

¿Cómo podía estar seguro? 

Hasta le pareció obvio que la encontraría. En el mismo lugar en que la había visto en su mente. 

Se detuvo bruscamente en mitad de la cuadra. Estaba perplejo. Patricia ya lo había visto y cruzaba la calle directo a él. 

Cuando estaban a pocos pasos, supo lo que ella le iba a decir. Comprendió el concepto. Entendió sin palabras las imágenes que se sucedían delante de sus ojos. Se quedó quieto. Esperó que se acercara. Ella apuró el paso hasta que se detuvo frente a él. 

 – Ni una palabra. No digas nada Patricia. No es necesario. Ahorrémonos las discusiones. Tengo que confesarte que salí a buscarte con otras intenciones, pero ahora que te veo solo querría que me contestaras una pregunta. 

¿Venías a decirme que te vas de viaje con dos amigas al Perú y que necesariamente vamos a tener que dejar de vernos por un tiempo, no es cierto? 

 – Alfonso, tú… bueno, si prefieres mi franqueza –dijo altiva- es cierto. Nos vamos con las chicas un par de meses a conocer el Cuzco y me agrada que te lo tomes tan naturalmente. Es adulto de tu parte y te lo agradezco. Aunque no me explico cómo es que ya estabas enterado. 

 – Pues eso es lo de menos -replicó irónicamente Alfonso- que pases lindo y que disfrutes de tus ruinas. 

Alfonso se dio la vuelta y empezó a caminar hasta que llego a la esquina y dobló. Caminó un par de cuadras y dobló sin pensar. Se sentía extraño. Estaba dolido y al mismo tiempo tenía la certeza de lo inevitable. Siguió caminando y caminando largo rato. Cruzando calles, girando en cualquier esquina. Decidió entrar en un bar a tomar algo. 

Se sentó y al minuto se acercó una chica que le miró con cara de aburrimiento. 

 – Un jugo de naranja por favor –dijo Alfonso. 

La chica se dio la vuelta y se marchó hacia atrás del mostrador. 

Alfonso había quedado mirando a la moza mientras se alejaba de la mesa y automáticamente su mente transformó uno de los sectores del bar en el rincón de un dormitorio. Las paredes se veían difusas y se confundían con las del local.  

Había una cama en el dormitorio que se superponía a un par de mesas con sillas del bar. El ropero que estaba al fondo de la imagen se mezclaba con un cuadro que colgaba de una de las paredes del restaurante. Desde la derecha de su imagen Alfonso ve pasar una chica desnuda corriendo hacia la cama y tras ella un hombre. La chica se da la vuelta y Alfonso reconoce a la camarera. El hombre empieza a golpearla. Primero con un puño y luego con el otro. Se ve sangre a los costados de la boca. Tiene un ojo medio cerrado. 

 – Le alcanzo el azúcar o prefiere edulcorante? -dice la chica. 

Alfonso la vio materializarse frente a su cara. A menos de un metro. Era la misma persona. 

 – ¿Cómo dice? Disculpe. 

La chica no contestó. Dejó un plato con unos sobrecitos de papel al lado del vaso de jugo y volvió hacia el mostrador con paso decidido. 

Alfonso sorbió un trago de jugo que apenas pudo pasar por la garganta. Dejó dinero en la mesa, se levantó y se fue. 

Cuando salió a la calle su mente ya estaba haciendo conjeturas. Se empezó a dar cuenta de lo que estaba sucediendo. ¿Estaría esa chica sufriendo malos tratos? ¿Su actitud despectiva sería la consecuencia de ello? 

¿O estaba imaginando cosas? 

Sus sentidos estaban un poco alterados. Confundía la reciente situación con las palabras que había cruzado con Patricia. Entonces era cierto que se había terminado la relación, y él ya lo sabía. 

¿Y lo que pasó recién en el bar? Sabía cosas de esa chica. Sabía lo que ocurría cuando estaba con ese tipo. 

Fue cuando pensó en su secretaria. 

Pensó en Mabel y en la imagen del accidente. Tomó el móvil y llamó lo más rápido que pudo. 

  – Alfonso. ¿Qué sucede? 

 – Mabel, ah… Nada. En realidad, nada. Te llamaba para saber si habías hecho los depósitos y esas cosas. 

 – Está todo bajo control. Pasé por casa y ya voy rumbo a Colonia. Despreocúpate y tómate unas vacaciones. 

 – Bueno. Pues conduce con cuidado. No te distraigas. 

 – Ja ja, ya sabes que tengo el récord de corrección en el tránsito. Ni siquiera un rasguño en varios años. Nos vemos el martes. 

Estaba tomando todo muy a la ligera -pensó Alfonso- no tenía por qué haber puesto nerviosa a Mabel con un supuesto delirio. 

Crédito de imagen: Michal Sawtyruk

Se había alejado bastante de su casa y sin querer se había ido acercando a la costa. Podría pasar por la oficina y ordenar un poco las cosas -pensó. Y siguió caminando. Ahora más distendido. La caminata había calmado un poco la angustia. 

Pasó por una plaza y se sentó en una de las bancas. Y empezó a observar distraído los movimientos de las personas que estaban al alcance de su vista. Fue cuando se dio verdadera cuenta de lo que estaba ocurriendo. Cuando prestaba atención a tal o cual persona, instantáneamente sabía algo de ella. 

En principio le pareció muy natural y hasta sintió que se estaba acostumbrando a tener esas visiones. 

Pasó muy lento un camión y el conductor estaba preocupado por su madre internada. Con razón -pensó Alfonso- en este omento acaban de pasarla a tratamiento intensivo. Por la vereda de enfrente venían unos chicos corriendo con las túnicas de la escuela desprendidas y un poco más atrás una señora un tanto obesa que cargaba con las mochilas llenas de libros y cuadernos. La señora iba a ganar la lotería esa misma tarde. 

Todo era fascinante e increíble al mismo tiempo. ¿Qué estaba haciendo? ¿Adivinando el futuro? 

Ya todo le resultaba diferente. Y cada vez recibía más mensajes y cada vez veía más cosas en los demás con solo mirarlos. 

Se le ocurrió que debería hablarlo con alguien. Se levantó del banco y comenzó a caminar por uno de los senderos hacia una de las salidas de la plaza que daba a la calle. Detuvo un taxi. 

 – Por favor hasta la Facultad de Ingeniería -le pidió al conductor. 

 -Qué día de calor vamos a tener hoy –dijo el taxista- anunciaron treinta grados, aquí adentro voy a tener que resistir treinta y cinco por lo menos.  

 – Es dura la vida amigo. Pero a veces podemos tener alguna compensación que la hace más llevadera –dijo Alfonso con aire condescendiente. 

 – Ojalá pasara algo que cambiara esta rutina pegajosa… que me diera unas vacaciones… especialmente cuando todo el mundo está de vacaciones… para sentirme un poco más humano… digo. 

 – Pues yo creo que pronto tendrá una noticia que le va a cambiar la vida. 

 – Ah, ¿sí? -dijo el hombre y lo miró por el espejo retrovisor. ¿Y usted cómo lo sabe? 

Crédito de imagen: Michal Sawtyruk

Alfonso miró por la ventanilla hacia la calle y no pudo reconocer las calles por las que andaba. Las casas eran diferentes. Los colores eran diferentes. Fue cuando se percató que los anuncios en los negocios estaban en portugués. Le llamó la atención una pareja con tres niños que estaba en el frente de un edificio de apartamentos. El hombre era el taxista. Estaban sonrientes. Toda la familia se veía feliz. 

 – Pues quién le diga que hoy mismo –dijo sonriendo- se entere que ha ganado un premio y se pueda ir de viaje con la familia. Con su señora y los tres chicos. 

 – ¿Qué dice? ¿Y usted cómo sabe que tengo tres hijos? ¿Cómo… ? 

Ya habían llegado a la puerta de la Facultad. El coche se detuvo. Alfonso pagó y se bajó. El chofer había quedado tan sorprendido que no atinó a decir una palabra. 

Alfonso subió por la escalinata principal y después de andar por un par de pasillos llegó hasta la oficina de su primo Ernesto. Él tendría algún tipo de explicación para lo que le estaba sucediendo. Habían sido compañeros durante casi toda la carrera y si bien Ernesto había preferido la docencia y él la lucha en el comercio, siempre estaban en contacto. Se entendían. Su negocio estaba vinculado al análisis informático y Ernesto era una especie de asesor de punta. A él le llegaban primero todas las nuevas opciones, todos los nuevos programas y ambos se beneficiaban. Alfonso los ponía en práctica y Ernesto comprobaba su eficiencia. 

Ahora tendría que hablar de algo etéreo con su amigo. Algo que no tenía explicación científica. Que en realidad no tenía ningún tipo de explicación. Golpeó la puerta y esperó. 

 – Adelante –dijeron inmediatamente. 

Alfonso entró a la oficina y se encontró como en su casa. Libros y carpetas en un par de sillas. El escritorio con más libros, apuntes, lápices y dos monitores encendidos. Escuchó a Haydn tocando una sonata muy suave. Por las ventanas que estaban a espaldas de Ernesto se veía un vasto sector de la playa, que ya empezaba a colmarse de gente. 

 – Alfonso, ¡qué sorpresa! 

Fue directo al grano. Le contó brevemente todas sus experiencias del día. Ernesto escuchó atentamente y se notaba en la expresión de su cara que estaba tan impresionado como él mismo. 

 – Siempre tuviste una imaginación portentosa y por cierto un alto porcentaje de aciertos, digno de envidia, cuando arriesgabas en tal o cual programa que sacábamos al mercado, pero todo esto que me estás contando supera largamente cualquier elucubración trasnochada de tu parte. 

 – Pero todo ha ocurrido como te lo he contado. No he inventado absolutamente nada. He visto con mis propios ojos lo que … 

 – ¿Has hecho alguna comprobación objetiva de todas esas visiones? -preguntó inquisitivamente Ernesto recostándose en el sillón y estirando las piernas debajo del escritorio. 

 – Bueno –dijo un poco confundido- a decir verdad, no he podido comprobar nada. Tendría que ver a esas personas de las que te hablé y preguntarles qué ha pasado con sus vidas. 

 – Por ejemplo –dijo Ernesto haciendo uso de su seguridad habitual como cuando estaba dando cátedra- ¿puedes decirme qué va a suceder conmigo? ¿puedes ver algún hecho que vaya a ocurrir en donde me vea implicado? 

 – Siempre has tenido esa fría y analítica manera de resolver un enigma Ernesto. En matemáticas siempre dio buenos resultados, pero ahora es diferente. Estoy hablando de algo que no tiene mucho asidero científico, que digamos. Y ahora que lo mencionas, no tengo ninguna imagen en la que tú estés. No tengo el más mínimo control de cuándo, o cómo, o con quién, sucede lo que sucede. 

 – Creo entonces que deberías tomarte un descanso. Por lo que cuentas. Mabel ya está disfrutando su fin de semana largo. Tu socio Pablo debe estar buscando también en dónde perder un poco el tiempo. ¡Hasta tu abogado salió de veraneo con la familia! Creo, sinceramente, que no tendrías que perder la oportunidad de descargar todas esas tensiones y que podrías ir un rato al club a hacer un poco de natación. Siempre dices que te deja como nuevo. Qué mejor oportunidad ahora que no hay presión, que no hay reloj que te llame al trabajo y que al fin Patricia desaparece de tu vista. 

 – No tienes por qué ser tan sarcástico… ya entendí el mensaje. Creo que tienes un tanto de razón. Estoy bastante saturado y quizás deba alejarme un poco de la gente. 

 – Seguro que después de dos o tres días sin horarios todo a va a volver a su cauce. Ya lo verás -dijo con firmeza. 

Cuando salió a la calle estaba mucho menos ansioso que al llegar. Sentía las piernas cansadas por todo lo que había caminado y paró un taxi. Llegó a la oficina casi convencido que iría un par de días a la cabaña que tenía en el balneario. Estaría solo y podría salir a caminar por la playa al amanecer como tanto le gustaba. Acomodó papeles y juntó expedientes. Revisó el correo y contestó un par de consultas. Se sintió agotado. Colocó un par de almohadones en el sillón y se recostó. Se descalzó los zapatos con la punta de los pies y cruzó los brazos debajo de la cabeza. 

En ese instante todo cambió. Comprendió qué era lo que realmente tenía que saber. Supo positivamente que todas las visiones que había tenido estaban cumpliéndose o ya se habían realizado.  

Tomó plena conciencia de lo que estaba pasando y se sintió impotente. Supo que podía haber hecho algo más.  

Estaba tan cómodamente recostado que empezó a distenderse y poco a poco fueron cerrándosele los párpados. Y tuvo una visión reveladora…  

Ahora entendía lo más importante. Se dio cuenta que estaba sabiendo cosas de él mismo. Se vio, con los ojos cerrados, recostado en ese mismo sillón.  

Hasta tuvo tiempo de verse, como si estuviera frente a un espejo, antes de saber que el infarto que iba a segarle la vida en el siguiente minuto, era inevitable.